viernes, 7 de julio de 2017

Venezuela, al borde de la confrontación armada

Paredes de la AN machadas de sangre tras el asalto de este 5 de julio


Venezuela se acaba el domingo 30 de julio. Al menos, el país que se conoce en este momento. Gobierno y oposición asumen esa fecha, en la que está previsto se celebren las elecciones de la Asamblea Constituyente, como un punto de inflexión que marcará el destino de la República. Mientras avanza la cuenta regresiva hacia el Día D, la crisis política empeora, las instituciones se desploman y la violencia aumenta imparable.

No se trata de una profecía catastrofista. El presidente Nicolás Maduro activó una Constituyente para reescribir la Carta Magna, “aniquilar” a la disidencia, cerrar el Parlamento de mayoría opositora y remover a la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, quien a finales de marzo denunció la “ruptura del orden constitucional” y se deslindó del Ejecutivo. De concretarse este plan, el país será otro muy distinto a partir de agosto.

La oposición ha respondido intensificando la protesta y llamando a la desobediencia civil. En el marco de su estrategia, convocó a un plebiscito para el 16 de julio que pretende frenar la Constituyente, renovar a los jefes de los poderes públicos y sentar las bases de un “Gobierno de Unión Nacional” que desplace al régimen chavista. Si esta iniciativa prospera, en dos semanas Venezuela dará un giro de 180 grados.

Al margen de los cálculos políticos y las expectativas de cambio, un elemento se mantiene inalterable en escena: la violencia. A casi cien días del inicio de las movilizaciones opositoras, ya se han registrado 87 muertes, miles de heridos y centenares de detenidos. Los excesos han saltado de la calle a las instituciones. “Colectivos” oficialistas asaltaron la Asamblea Nacional por segunda vez en menos de nueve meses con explosivos, armas de fuego, tubos y piedras, dejando a cinco diputados heridos. El ataque ocurrió luego de que se llevara a cabo una sesión solemne por los 206 años de la independencia de Venezuela.

Bajo la polvareda que levanta la lucha política, la economía sigue en caída libre. Escasean alimentos y medicinas, y la inflación se devora el poder adquisitivo de los ciudadanos. Maduro aumentó por tercera vez en el año el salario mínimo para ubicarlo en 97,531 bolívares, que apenas equivale a 12 dólares a la tasa de mercado negro. El costo de la canasta básica familiar se calcula en más de 1,4 millones de bolívares (182 dólares).

“Estamos al borde de que esta confrontación llegue a un punto de gravedad más elevado, que avance a todos los espacios y se haga total. Hay señales de una confrontación mayor, una confrontación armada”, advierte el politólogo Luis Salamanca, quien observa el repunte de los “mensajes bélicos y las acciones violentas”.

Maduro no ha dejado lugar a dudas. Durante el Encuentro Nacional de Constituyentes del martes 27 de junio, el mandatario señaló que si la revolución chavista “fuera destruida, nosotros iríamos al combate y lo que no se pudo con los votos, lo haríamos con las armas”. Salamanca apunta que ese discurso confirma que el gobernante “no descarta la violencia para imponer una ‘solución’ al costo de lo que sea”.

El verbo va acompañado de los hechos. El profesor de la Universidad Central de Venezuela (UCV) destaca el desarrollo de una represión “más salvaje”, con bandas paramilitares y funcionarios de los cuerpos de seguridad asesinando a ciudadanos y atacando conjuntos residenciales, hospitales y centros educativos. Las comunidades afectadas están tratando de organizarse para repeler la embestida, “factor que puede ser el desencadenante de un escalamiento del conflicto de manera violenta”, alerta el académico.

Dos países

El Estado venezolano está fracturado. Los dos poderes que emanan de la voluntad popular, Ejecutivo y Legislativo, no se reconocen mutuamente. Hasta el momento, Maduro conserva el control sobre la mayoría de las instituciones, utilizando al Tribunal Supremo de Justicia como un ariete contra la disidencia. Sin embargo, el Parlamento opositor ahora cuenta con el apoyo de la jefa del Ministerio Público, Luisa Ortega Díaz, cuyo distanciamiento resquebrajó el modelo de persecución judicial y el mito de la unidad chavista.

Al evaluar el forcejeo que protagonizan los organismos civiles, Salamanca se pregunta qué pasaría si esa división llega a la Fuerza Armada Nacional (FAN). “La FAN está penetrada por el conflicto de la sociedad. En la actualidad, la FAN juega a favor de uno de los dos bloques, ampliando su rol en la vida política e institucional, pero si se divide esto puede terminar en una guerra fratricida”, expone el investigador de la UCV.
  
El gobernador del estado Miranda y líder opositor, Henrique Capriles Radonski, afirma constantemente que el estamento castrense está “dividido” y que en su seno existe un gran descontento por la crisis y la propuesta de Constituyente. El recién ratificado ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, niega esta versión y proclama su lealtad a Maduro, quien acaba de renovar todo el alto mando militar.

Para los venezolanos, la FAN es una especie de caja negra. Pocos saben qué sienten y hablan en los cuarteles. La agencia Reuters desveló este 6 de julio que al menos 123 oficiales han sido detenidos desde el inicio de las protestas en abril por traición, rebelión, robo y deserción. Igualmente, el inspector de la policía judicial, Oscar Pérez, secuestró un helicóptero oficial el 27 de junio, sobrevoló el centro de Caracas y atacó las sedes del Ministerio de Interior y del Tribunal Supremo de Justicia. En sendos videos publicados en las redes sociales, Pérez llama a la desobediencia civil y tacha de “asesino” al dignatario venezolano.

La oposición demanda públicamente a los militares defender la Carta Magna y desconocer las órdenes ilegales del “dictador” Maduro. Padrino López, al frente de una cúpula uniformada que se declara “chavista”, ha contestado que dentro de la FAN “muchos están buscando unos gorilitas, unos rambitos, pero no los van a conseguir”.

“Con la reorganización del alto mando militar, Maduro colocó a incondicionales para sacar a aquellos que pudieron haber manifestado alguna crítica. Eso resulta una evidente respuesta a quienes solicitan una ‘intervención democrática’ de la FAN”, argumenta el politólogo Carlos Raúl Hernández

Choque final

Para hacer más complejo el panorama, a este pelea entre dos se incorporó un tercer actor: el chavismo disidente, encarnado por la fiscal Ortega Díaz, quien fustiga al Presidente y se erige en defensora del “legado” del difunto comandante Chávez. Aunque coincide en esta coyuntura con la oposición tradicional, la jefa del Ministerio Público parece impulsar un proyecto político distinto desde las filas revolucionarias. Para subsanar esta pérdida, el régimen ha tenido que echar mano de los tribunales militares para encarcelar a sus detractores.

Salamanca considera que Venezuela entró en una fase de “desplome”. “Mientras Maduro y su grupo crean que pueden quedarse con el poder total por las armas, no habrá negociación ni diálogo serio. El chavismo confiscó el derecho al sufragio –eliminando el referendo revocatorio y suspendiendo las elecciones regionales – y apuesta por una vía autocrática”, estima el investigador, tras recalcar que ante la pretensión del gobierno de “imponer por la fuerza una ‘solución’ política, la población muestra signos de rebeldía”.

Siguiendo las directrices del Ejecutivo, el Poder Judicial ya nombró a la futura sucesora de Ortega Díaz. Desde su trinchera, la Asamblea Nacional avanza en el proceso para designar a nuevos magistrados. Al final, Venezuela puede tener dos fiscales, dos tribunales supremos, dos congresos y hasta dos constituciones, con la oposición asumiendo la derogada de 1999 y el oficialismo aplicando la nueva que redacte la Constituyente.

Hernández nota que el país vive “la inminente destrucción de los remanentes de democracia” que aún se mantienen en pie. “La Constituyente es una operación para lograr por el momento un poder total, pero el único enemigo que tiene el gobierno es él mismo, dado que el rechazo de la mayoría a su gestión es cada día mayor. La sociedad está desbordada por las necesidades primarias y Maduro así no tiene gobernabilidad”, concluye el analista. 

Momento en que colectivos chavistas golpean al diputado Armando Armas (VP)

lunes, 13 de marzo de 2017

Julio Borges: “90% de la Fuerza Armada quiere cambio en Venezuela”


El presidente de la Asamblea Nacional lo afirma tajantemente. “Estamos abiertamente en una dictadura”, sostiene el diputado Julio Borges, coordinador de Primero Justicia y uno de los dirigentes más destacados de la opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD).

A pesar de la grave crisis social que enfrenta Venezuela, la calle está tranquila. Demasiado fría. El jefe del Parlamento opina que la desmovilización de los ciudadanos responde más al miedo a la represión que al desánimo colectivo. “Uno de nuestros retos es hacer que la gente venza el miedo”, reconoce Borges, quien está convencido de que el presidente Nicolás Maduro no ganará esta pelea por la democracia en el país.

“Veamos cómo terminan los dictadores, o derrocados o presos, o la gente poniéndole fin a gobiernos de este tipo, nunca tienen un final feliz y ese va a ser el caso de la dictadura que estamos viviendo hoy”, sentencia el líder del Poder Legislativo venezolano.

-¿Cómo se puede desarrollar una gestión con una AN que está totalmente maniatada por el resto de los poderes públicos?
-Es verdad que todos estamos sometidos por un Gobierno totalmente fuera de la Constitución. El Gobierno quiere dar una imagen de fuerza, pero al final es un Gobierno débil, no tiene pueblo, no tiene autoridad, no tiene rumbo, no tiene liderazgo, no tiene contenido político, y lo único que le queda es la fuerza bruta para tratar de imponer el miedo o negar los derechos constitucionales. Lo que nos toca es hacer la resistencia para imponer el cambio.

- El presidente Maduro declaró que buscaría una fórmula para “regularizar” a la AN y encargó de esa tarea al alcalde de Caracas, Jorge Rodríguez. ¿Avanza el diálogo para normalizar la situación del Parlamento?
-El problema del Parlamento no es un problema legal. Es un problema político, un Gobierno que desconoce una AN que fue electa por 14 millones de venezolanos. ¿Qué estamos haciendo nosotros? Lo que nos toca, denunciar fuera de Venezuela, estamos construyendo la fuerza de todos los parlamentos de la región para apoyar a la democracia en Venezuela. Estamos sesionando en la calle, aprobando proyectos como la Ley de Barrios, que le va a dar la propiedad a casi 2 millones de familias venezolanas, que son dueñas de sus casas pero no de la tierra. Creemos en democratizar la propiedad para el pueblo venezolano. También seguimos haciendo las investigaciones de corrupción, el caso del vicepresidente Tareck El Aissami está siendo investigado por la AN. Y seguimos legislando para que apenas haya un cambio, todas esas leyes que hemos hecho nosotros sean una realidad. Falta que el país vuelva a tomar fuerza, a ponerse de pie y seguir luchando en la calle, en la Asamblea, en los medios, para que el destino final sea el voto.

-¿Acaso el enfriamiento de la calle no es culpa de la Unidad?
-El Gobierno quiere ganar a punta de desmoralizar y meterle miedo al país. Nuestra labor es tener el testimonio y la fuerza para que esa energía no se desinfle, para que la energía del pueblo se vuelva a poner de pie y que las ganas de libertad y de cambio venzan al miedo y la desmoralización.

-El proceso de diálogo iniciado a finales de 2016 terminó por desmovilizar a la base opositora. ¿Continúan esas conversaciones con el chavismo?
-Cero. Maduro dice por televisión que le da a Jorge Rodríguez el mandato de regularizar lo de la AN. ¿Qué demuestra eso? Que es un tema político, no es legal. Segundo punto, no ha habido ninguna propuesta concreta del Gobierno en ese sentido, no ha habido ni un tocar la puerta ni decir qué proponen. Nunca hubo la reunión que plantearon entre los distintos jefes de fracción de la AN, nunca le dieron importancia a esa reunión. El Gobierno no tiene voluntad porque un Gobierno tan frágil no aguanta una AN a full capacidad, no aguanta unas elecciones, no aguanta al pueblo en la calle. Tenemos que retomar la fuerza y no dejarnos atropellar por la sensación del Gobierno fuerte. El Gobierno es apoyado por una facción muy pequeña de la Fuerza Armada, pero la inmensa mayoría de los oficiales de la FAN está en contra de lo que está pasando.

-A diferencia de su predecesor en el cargo, Henry Ramos Allup, usted evita el discurso de la confrontación con la FAN y busca tender puentes con los militares. ¿Ese mensaje encontrará receptividad en los cuarteles?
-Lo que creo es que no se puede generalizar, no todos los militares están tomados por el Gobierno. La FAN es un espejo del país, si en Venezuela hay 90% que quiere cambio, en la FAN el 90% de los oficiales quiere cambio. Si tú pudieras hacer que libremente se exprese la FAN, a través del voto que es un derecho constitucional, estoy seguro de que la FAN votaría en contra de Maduro y por un cambio que respete a la institución. Cuando nosotros seamos gobierno, vamos a revisar la actuación persona por persona, caso por caso, de quienes han estado metidos en corrupción, droga, crimen organizado, a diferencia de quienes han cumplido con la Constitución y quieren un país democrático. Hay un grupo en la cúpula de la FAN que ha decidido ser parte del Gobierno en contra de la propia institución y de la Constitución venezolana.

-¿Cómo se derrota a una narcodictadura?
-Sí es posible vencer democráticamente, con la fuerza de la gente, a un régimen que no es democrático. Este Gobierno tiene el alma corrompida por el narcotráfico, por el terrorismo, por la corrupción. Un Gobierno que no tiene liderazgo, a Chávez lo disolvieron quienes están hoy en el poder y dejaron esa figura en la carraplana, no tienen ningún tipo de gobernabilidad, no tienen plan, lo que les queda es la fuerza bruta. Este Gobierno es tan débil que no aguanta una elección, nosotros ganamos abrumadoramente la mayoría de las gobernaciones y alcaldías, y este es un Gobierno que tiene que entregarse a una elección general. Este Gobierno no aguanta el juicio popular. El hecho de que tengamos elecciones de gobernadores y alcaldes no significa renunciar a que tengamos que ir a unas elecciones generales.

-¿Cómo lograr que el Gobierno admita esa elección que le puede costar la vida?
-Tenemos que lograr la presión internacional que estamos construyendo. Hay un cambio brutal internacionalmente, Estados Unidos tiene una visión clara sobre presionar para un cambio democrático en el país, pero igual está Argentina, Colombia, Brasil, Perú, el Ecuador que puede estar por venir. Venezuela unánimemente en la región es visto como un país enfermo, Venezuela se convirtió en una enfermedad contagiosa que está dañando la estabilidad de los otros países. Esa presión internacional tiene que unirse a una presión interna para que el desenlace sean unas elecciones y que el pueblo decida el futuro del país.

-Esa presión interna exige una Unidad sólida. Sin embargo, en los últimos tiempos la MUD ha sido más noticia por sus desencuentros que por sus coincidencias. ¿Cómo evitar que las aspiraciones presidenciales y las luchas intestinas frustren el objetivo común de conquistar el cambio?
-Los llamados precandidatos presidenciales tiene que entender que si ellos no son artífices de la unidad, aquí no va a haber entonces oportunidad para que haya un cambio. Si quieren ser gobierno, tiene que ser facilitadores de una unidad real. La Unidad debe testimoniar en la calle que está unida, presentar un cronograma claro de eventos, por ejemplo, ir a primarias para escoger ya a los candidatos a gobernadores, alcaldes y hasta al candidato presidencial. Tiene que convocar a la gente a protestar por lo social, tienen que ponerse de acuerdo quienes quieran ser Presidente en generar, por encima de las apetencias personales, un plan único para lograr mostrar una unidad sólida. Mostrar ideas claras y soluciones claras, que las tenemos, para demostrar fehacientemente que estamos preparados para gobernar y sacar a Venezuela del caos donde está metida.

Entrevista publicada en Diario Las Américas

martes, 3 de enero de 2017

Henry Ramos Allup, del daguerrotipo al selfie


Todas quieren una foto con el "experimentado" dirigente adeco
Dice que preferiría olvidarlo, pero es imposible. Básicamente, porque lo recuerda todo. Hasta los grabados que decoraban el techo de su casa de infancia en Valencia, y una extraña lesión en la piel que sufrió cuando prácticamente era un recién nacido. Es una virtud. Pero también un defecto. Henry Ramos Allup tiene una excelente memoria.

En 1999, todo era ruina. Escombros. Ramos Allup lo cuenta y lo vuelve a vivir. Le duele. Da nombres, imita gestos, repite desprecios. Acción Democrática había muerto. O eso creían. Y así lo trataban. La vieja guardia huía en desbandada. “Compañeros” que prosperaron gracias al partido, ahora le daban la espalda. “En este momento no puedo”. “Te agradezco que no me llames”. Teléfonos colgados. Nadie nunca había sido adeco.

Ramos Allup trapeaba todos los días su oficina. En el suelo estaban tirados 58 años de historia. “Una vecina me prestaba dos tobos de agua, yo me recogía el ruedo de los pantalones y pasaba coleto”, describe. Así comenzaba la jornada el secretario general. La sede de AD en La Florida se caía. Como el partido. Las filtraciones agrietaban las paredes. Consiguieron el esqueleto de una bicicleta escondido en el tanque de agua. Y algunos cadáveres en el armario. “No había para pagar la nómina”. Quiebra total.

Ahora, la historia es distinta. Ramos Allup acaba de llegar a Maturín en el primer vuelo de este jueves 17 de noviembre. Apenas baja del avión, observa un afiche con los rostros de Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Diosdado Cabello. Bienvenido. Los adecos tomaron desde temprano el terminal y reciben a su líder con una versión tropical del himno del partido. Un “¡Adelante a luchar milicianos!” bailable, con el permiso del poeta Andrés Eloy Blanco y el maestro Inocente Carreño.

“Aquí a nosotros nos rayaron la casa y mientras la recuperábamos, nos gritaban: ¡recojan los vidrios!”, añade al memorial de agravios Sandra Alfaro, secretaria general de AD en Monagas. Alfaro es una señora de firmes convicciones y curvas pronunciadas. En 2012, le sugirió a su jefe que se lanzara a la Presidencia de la República. Ramos Allup, sosegado, le respondió que la gente no quería viejos. Cuatro años después, Alfaro sonríe.

La gira comienza con un desayuno en el mercado de Maturín. Cochino, arepa, café. Y tres jaladas a un cigarrito. “¡Ramos Allup, saca a Maduro!”, exclama un gordito. Un puñado de chavistas trata de sabotear la visita, pero fracasan en el intento. El presidente de la Asamblea Nacional estrecha manos y reparte abrazos, mientras la gente se concentra a su alrededor. Una mujer lo ve y se le aguan los ojos. La mayoría grita y aplaude. Hace calor. La visita es breve. Un flaco se acerca, saluda y casi se birla un plato de empanadas. Lo atajan y le advierten que es para los periodistas. Se perdió un voto.

Una sola palabra

Dependiendo del lugar y la audiencia, el diputado ajusta los registros de su discurso. Pero el contenido es el mismo. No escurre el bulto. Destaca aciertos. Reconoce errores. En las asambleas se preocupa por despejar todas las dudas. “¿Respondida tu pregunta?”, cierra cada intervención. Le contestan que sí y continúa. “Uno prefiere decir la verdad, estos son procesos muy difíciles”, admite en la noche ante empresarios y representantes de gremios.

En la calle, una mujer lo toma por los brazos y lo interpela sin rodeos: “¿Cuándo salimos de estos coños de madre?”. Esa misma interrogante se la plantearán unas cien veces en menos de 72 horas. Antes de abordar la cuestión, acota que solo es un ser humano. Que quisiera anunciar que será este sábado a las 4:28 de la tarde, pero no puede. Que no hay soluciones fáciles ni rápidas. Que hay que resistir. Luchar. Que en el peor de los casos, el presidente Maduro culminará su mandato en 2018. Si no corta alas, al menos aterriza a la gente de un solo golpe. Uno de sus acompañantes comentará posteriormente que, a veces, le falta “vender más ilusión, más esperanza”. La verdad tiene eso. Es amarga.

A Ramos Allup lo arropa toda la Unidad en Monagas. Eso quiere decir que a su lado se sientan dirigentes que están de acuerdo en la mitad de las cosas y difieren en la otra mitad. A todos trata con deferencia. Reivindica la importancia de buscar una salida negociada, pero respeta la decisión de quienes no participan en los contactos con el chavismo. Cede el micrófono al segundo vicepresidente de la AN, Simón Calzadilla, ardoroso defensor del diálogo, y después oye con atención a los voceros de Vente Venezuela y Voluntad Popular. Celebra sendos mítines escoltado por el ex gobernador y candidato adeco en Monagas, Luis Eduardo Martínez, y envía una palabra de aliento a ese “perseguido político” que es el ex gobernador chavista José Gregorio “Gato” Briceño.

La agenda en Maturín incluye una reunión en la catedral con monseñor Enrique Pérez Lavado. “Yo soy uno de los pocos adecos católicos practicantes”, confiesa Ramos Allup antes de solicitarle al obispo que le bendiga una imagen de san Benito que carga en el pecho. Alfaro aprovecha la ocasión para pedirle al prelado que también le bendiga la lengua, aunque después se arrepiente. “No hace falta”.

El parlamentario esconde una daga detrás de los dientes. En las concentraciones, comienza apelando a un tono casi pedagógico para explicar la coyuntura nacional. Y luego se suelta. “Mapleto”. “Babieco”. “Bobo”. “Vago”. “Mal entretenido”. Raja por todos lados a Maduro. El culto a Chávez no es con él. “Demonio”. “Satanás”. “No puede estar descansando en paz”. “Se achicharra en la quinta paila del infierno”. Tras cada insulto, la audiencia ruge.


"¡Henry, un selfie!", le grita el muchacho. El secretario general de AD no dice güisqui

Todo cambia

Henry Lisandro Ramos Allup nació en Valencia, estado Carabobo, el 17 de octubre de 1943. Hasta hace muy poco era viejo. Ahora es experimentado. “La experiencia es una ventaja”, afirma Omar Landaeta, docente de 27 años. Gladimar Gómez, una técnico superior en administración tributaria de 20 años, piensa lo mismo. “La experiencia es necesaria para afrontar las decisiones políticas”. “Henry es un hombre muy experimentado”, coincide Johana López, una universitaria de 24 años. El tiempo pasa. Las percepciones cambian.

El sábado 19 de noviembre, el presidente de la AN encabeza dos actos en Monagas. Temprano, habla con jóvenes en la capital del estado. En la tarde, se traslada a Aragua de Maturín, digno representante de esa confederación de pueblos venezolanos que se niegan a morir. Después del almuerzo, un militante adeco lo abraza y augura que llegará a la primera magistratura nacional. “Por de pronto, antes de Miraflores, quiero entrar al baño”, desliza Ramos Allup. Cumplido el compromiso, se monta en la tarima.

La calle principal está llena. “El hombre está haciendo un buen papel, nos ha abierto los ojos”, apunta Neptalí Ramos, un chofer de 57 años. “Está peleando contra un monstruo de cuatro cabezas, el pueblo tiene que ayudarlo”, observa. La música suena a todo volumen. Los vecinos ondean sus banderas. El sol se acuesta lentamente. “Es algo hermoso, todavía quedan adecos”, se sorprende Mercedes Lara, una madre desempleada de 53 años. Tiene tres hijos y el único que trabaja vende periódicos. “Paso más hambre que ratón en caja de clavos”, ironiza. Lara vino a escuchar a Ramos Allup “porque me gustaría que fuera el próximo Presidente, así le pegue cachos a mi papi Capriles”.

En Aragua de Maturín, el secretario general de AD llama a la gente a apoyar al liderazgo opositor en su lucha contra el régimen chavista. Compara el fervor popular con el combustible. “Si tiene gasolina, un cacharro viejo llega más lejos que un carro moderno sin gasolina”, coteja, mientras pisa el acelerador.


Tras años en la penumbra, ahora todas las cámaras -y los teléfonos- apuntan al diputado

Para el recuerdo

Hasta no hace mucho, nadie deseaba retratarse con él. Pero ahora, todo el mundo quiere una foto con Ramos Allup. O, mejor dicho, un selfie. “Mi marido jura que usted es el Messi de la política”, lo aborda una dama, teléfono en mano. Y detrás de ella viene un barbudo. Tres señoras. Un enjambre de estudiantes. Una mujer embarazada. Un calvo y un greñudo. Dos parejas jóvenes. Seis maracuchos. Un tipo con la camisa del Caracas. Y una familia entera que, tras revisar la imagen grupal, quiere una para cada uno.

Entre foto y foto, Ramos Allup comparte alguna anécdota. “Mi abuela materna aconsejaba a sus hijas: ‘primero casa, después enamora’. Todas le hicieron caso salvo la menor, que fue la que terminó divorciada y pobre”. Recorre la Valencia de su infancia. Relata que pospuso su luna de miel porque debió saldar la deuda de una oficina del expresidente Pérez. Diserta sobre la correcta preparación del asado negro. Se apasiona hablando de la cocina. Aclara que no le gusta el pescado de río. Y recuerda que en 2000 encabezó una asamblea en el barrio Los Erasos donde participaron alrededor de cinco personas y un perro macilento.

“¡Henry, un selfie!”, le pide una rubia y su esposo. Y tres muchachas. Y un comerciante. Y el nieto de un viejo adeco. Claro, faltaba más. El presidente de la AN no abraza. Apurruña. La imagen queda perfecta. Parecen amigos de toda la vida. Aunque no siempre sonría. Las últimas fotos son en el aeropuerto de Maturín. La gira en Monagas concluye este domingo 20 de noviembre. Llega la hora de retornar a Caracas. Antes de que el avión despegue, vuela una pregunta:
-          ¿Presidente, en qué ha cambiado usted para que la gente lo quiera ahora?
-          ¿Yo? Yo no he cambiado, ha cambiado la gente conmigo.

Nota publicada en Clímax

"¡Sí hay futuro!", exclama Ramos Allup, figura del pasado que vuelve a estar presente